Dos libros de Juan Ramón Jiménez liberados por la editorial Aguilar

Es bien sabido —por quienes saben— que tanto Ninfeas como Almas de violeta, los dos primeros libros de Juan Ramón Jiménez, fueron proscritos por el autor al poco tiempo de ser editados. La cosa fue más allá de prohibir ulteriores reediciones o el ser incluídos en sus obras completas. Habiéndolos calificado de borradores silvestres, Jiménez trató de localizar durante años todas y cada una de las copias que habían sido compradas o dedicadas para poder destruirlas (no logro entender por qué un borrador o algo silvestre merece tan enconada persecución). Se sabe también de cierta admiradora del poeta de Moguer que se unió a la cacería y que dedicaba su furia a arrancar dos páginas completas (30-31 y 43-44) de Almas de violeta en cada ejemplar que localizaba ( y localizó un buen número), asegurando que contenían poemas que no le gustaban al autor (debían ser más silvestres y borrosos que sus compañeros). La escasez de ejemplares de las ediciones de septiembre de 1900 y la falta de reediciones ha puesto difícil a los lectores la posibilidad del entendimiento de un Juan Ramón Jiménez fervorosamente modernista. Editorialmente, se ha respetado durante mucho (demasiado) tiempo el deseo del autor: ni la Edición del Centenario en veinte volúmenes publicada por Taurus ni la obra completa publicada por Visor (que no sé si ha acabado de editarse; prometieron cuarenta volúmenes, y llevan cuarenta y cinco a fecha de hoy, entre los que se cuentan los primeros versos publicados en diarios sevillanos, quizás no lo suficientemente silvestres) los incluyen. Sospecho que los herederos han tenido bastante que ver. Esto nos introduce de lleno en un debate en el que en que se aúnan los derechos de autor y el respeto a las últimas voluntades (por un lado), con el deber del conocimiento literario y en el significado que tiene la publicación de un libro (por el otro). De haber hecho caso a las pulsiones a veces asombrosamente melindres de sus creadores, para empezar no tendríamos La Eneida (hemos de recordar que Virgilio ordenó purificarla en la hoguera). Tampoco conoceríamos gran parte de la obra de Kafka, ni posiblemente tendríamos una cuarta parte de lo que escribió Tchaikovsky (siempre tan inseguro de sus portentosas capacidades). En este caso, no estamos hablando siquiera de borradores (mal que le pesase a Juan Ramón Jiménez), de textos en preparación —que sin embargo, sí han sido publicados—, de diarios no previstos para la edición o de escritos personales de uso de su autor , sino de obras ya dadas al público en un momento concreto. Ya no hay paso atrás que valga. El delito (o la acción literaria) está ya cometido. No hay vuelta atrás.

La desesperación del lector que trata de conocer toda la obra poética de Juan Ramón Jiménez puede hacerle recurrir, como parece obvio, a la adquisición de estas primeras ediciones maldecidas por su creador. Almas de violeta se pubicó en Madrid en la editorial Tipografía Moderna en septiembre de 1900. Se trata de un pequeño volumen, en rústica de 52 páginas de 19 centímetros de alto e impreso en una delicada tinta morada. La acción destructora combinada del poeta y su devota (y anómina) admiradora hace que hoy en día sea casi imposible de encontrar un ejemplar íntegro de esta edición. He localizado una copia de este libro, naturalmente con las faltas que comentaba (las cuatro páginas arrancadas bien por uno de los dos, bien à quatre mains). No piden más que 1.500 euros, cosa que no está nada mal para un ejemplar mutilado.

En el mismo formato, editorial y fecha fue publicado Ninfeas, teniendo este libro la particularidad de estar impreso en tinta verde. Como su compañero, está atribuído a Juan R. Jiménez (lo de Ramón debía sonarle muy vulgar y sonoro al exquisito poeta granadino), y lleva un atrio en verso de Rubén Darío fechado en París el mismo año de la edición (un hecho notable para un primerizo que te lo presente un autor de la talla de Darío). En las páginas iniciales se anuncian próximas obras de Juan Ramón Jiménez, que nunca llegaron a ver la luz editora. El ejemplar que he encontrado, por aquello de conservar las cubiertas originales y de no haber sufrido proceso de mutilación alguno, tiene un precio de 3.900 cucas (de las de ahora, es decir, euros), precio que animo a satisfacer en mi beneficio a todos esos improbables seres humanos, compasivos y de pudiente bolsillo que lean este blog y sientan al tiempo el inexplicable deseo de hacerme feliz. ¿Hay alguien ahí afuera?

Por fortuna, cuentan los lectores de a pie de calle —sometidos a las estrecheces de la vida común y del salario prudente— con la edición, dentro de la serie Premios Nobel de la editorial Aguilar, de un volumen dedicado a Juan Ramón Jiménez titulado Primeros libros de poesía. Advierten los editores el escollo que han tenido que vadear para la publicación de estos libros (tontos no eran) y aunque eran conocedores de los deseos del poeta, resuelven de una forma un tanto fullera un año después de su muerte (Juan Ramón Jiménez muere en 1958). Una vez que ha desaparecido la única persona con autoridad suficiente como para silenciar su propia voz, estando el muerto en el hoyo, el editor habrá de ir al bollo. Con tan singular silogismo a cuestas, se atrevieron a publicar en el volumen citado, a modo de apéndice, tanto Ninfeas como Almas de violeta. Pese a lo que piense de los destructivos deseos que a veces asaltan a los literatos, no se me escapa que esto ya no es saltar por encima de los fundamentos del derecho de propiedad intelectual, sino dar un salto mortal por encima de ella con tirabuzón (y pedorreta) incluído. La ley actual reconoce la propiedad intelectual como un derecho transmisible a los herederos. Ignoro lo que pasaba en la legislación franquista al respecto. En cualquier modo, hubiese conducta punible o no en la decisión, generase el espectáculo procesal entre herederos legales y editorial o no, el movimiento procuró a los lectores que esas obras que se le habían hurtado durante tanto tiempo, pudiesen caer en sus ojos y manos.

Hay que decir que, a falta de respetar los caprichos de Juan Ramón Jiménez (caprichos asistidos por la ley, por otra parte), la editorial Aguilar tuvo el buen gusto de reproducir estos libros con el color de tinta original con el que fueron impresos en su día. No sé si sirve de mucho, pero ahí quedó.

Llega pues el final de este texto en el que se termina de explicar que uno puede leer los dos primeros libros de Juan Ramón Jiménez en un volumen en el que a lo mejor no sabía que estaban, máxime cuando le va a ser harto complicado encontrarlos en otras ediciones. Naturalmente, para que lo escrito tenga su utilidad han de producirse varios supuestos: que los lectores sepan que hay dos libros de Juan Ramón Jiménez llamados Ninfeas y Almas de violeta;, que hay un poeta llamado Juan Ramón Jiménez; que hay algo llamado poesía, que existe una cosa denominada literatura, y que hasta el siglo pasado se ha considerado la literatura algo de importancia dentro de la cultura occidental. Demasiadas condiciones previas, me parece a mí, para el momento en el que estamos. En el último año del siglo XIX, cuando fueron publicados estos dos libros, los grandes autores literarios eran seres socialmente reverenciados. Quizá no se hacían ricos;  ahora tenemos la noción de éxito tan aparejada al dinero que apenas podemos concebir que se sea famoso y pobre. ¿Alguien imagina a un Cristiano Ronaldo o a un Messi viviendo con estrecheces en el pináculo de su fama?. Por entonces, los entierros de los poetas eran multitudinarios y movilizaban a todos los grupos sociales. El Estado no perdía comba: un poeta era una gloria para el país y no podía permanecer ajeno a su desaparición. Cabe preguntarse cuántas personas asistieron al funeral de Alfredo di Stefano, cuando en 1885, más de 40.000 parisinos velaron a Victor Hugo y su carroza mortuoria fue acompañada por una división del ejército.


Espectáculos aparte, es significativo su existencia: He comparado intencionadamente a las estrellas del pasado (escritores, artistas, compositores de música culta) con deportistas (me han faltado los tipos que salen en televisión o los youtubers) para constatar que la Literatura (la Música, la Pintura) ha perdido peso específico en nuestra manera de vivir. Era esperable, puesto que hoy no se lee, no se escucha música y no se acude a las exposiciones pictóricas. Y cuando se hace, se hace con una ligereza y superficialidad irritante. No se valora, no se le da la importancia que merece. No discutimos un verso de Mallarmé o una escena de Shakespeare, sino el último logro de cualquier deportista, la penúltima boutade de un programa, el video chorra aparecido en Twitter y que se ha hecho viral (famoso; no está mal considerar que quienes lo han visto están infectados). No es un simple cambio en la jerarquía de importancias, sino un timo. En él, hemos salido perdiendo, hemos naufragado de manera miserable. No hay comparación posible. No hay todavía un relato lo suficientemente aclaratorio para explicar de qué manera escandalosa nos hemos empobrecido como Cultura.

Ahora: si este es un relato veraz del Occiente del siglo XXI, hablar de libros en una página pergeñada en español  es una pérdida de tiempo y de recursos, un grito en el país de los sordos. ¿Realmente queda alguien que quiera leer Literatura (así, con mayúsculas) en estos tiempos de descrédito?

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