Lecturas en el Metro

Mi compañera ocasional de asiento corrido en el Metro leía la versión castellana de Le Monde Diplomatique, cosa que es un paso si se atiende a las lecturas que se hacen —cuando se hacen— en el transporte público. Hace algunos años, me parecía una publicación modélica; hoy en día, entiendo que Ramonet ha quedado sobrepasado. Pero sigue teniendo un nivel envidiable y, como tal, es merecedor de mi respeto.

Por mi parte, yo leía a Tácito, que es bien sabido que, por la vía directa de sus obras o la indirecta de Justus Lipsius, era muy leído en España en las primeras décadas del siglo XVII por quienes querían encontrar una vía política alejada de Maquiavelo; lo aprovecharon en distinta medida y en diferente plano el Conde de Roca (me refiero a Vera y Figueroa, erudito de su tiempo y no al Guerrero del Antifaz, quien también llevaba ese título), Don Gaspar de Guzmán (es decir, el Conde-Duque de Olivares) y Don Luis de Haro (el Marqués del Carpio, también de la familia de los Guzmán); individuos nada tontos y expertos jugadores del proceloso juego de la política.

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