Trece rosas

Fusilaron a las #TreceRosas y asesinaron a García Lorca. Es triste desear que ojalá todo se hubiese quedado ahí; pero fueron 192.000 los fusilados durante el Terror Blanco y los años subsiguientes, a los que hay que sumar los miles que murieron en prisiones y en campos de concentración. Catorce muertos son demasiado, pero doscientos mil es un número inasumible por su misma y escandalosa enormidad. La cifra que se alcanzó durante las represalias de la dictadura franquista es de difícil estimación. Quizás porque da miedo hacer el balance. Algunos hablan de 400.000 personas. Se discute si es demasiado abultada. A mí me parece que ni de lejos se cuentan todos los casos en los que el franquismo, ese periodo de «extraordinaria placidez» del que hablaba Mayor Oreja, cómplice vocacional de los asesinos, es directamente responsable.
 
Parece que para algunos fascistas no ha sido suficiente. Siempre quieren más. Están ansiosos por disculpar el Régimen criminal de Franco y, si pudiesen, añadirían a las cunetas a cuantos se les pusiesen por delante (‘Pena de muerte’ es un grito que siempre está presente en las manifestaciones de la ultraderecha). Lo que ocurre en este país es que los ultraderechistas, los fascistas, no son un grupito de alienados, como puede ocurrir en otros lugares: No. En España están normalizados, asumidos por la perversa autoevidencia de una realidad implantada a sangre y fuego durante casi cuarenta años. Es difícil explicarle a cualquier demócrata europeo que aquí los franquistas siguen tan felices, que son vecinos nuestros y que hay una parte no precisamente menor de la población que defiende a Franco y vota al Partido Popular porque les suena la música que tocan. Son los que protestan porque se homenajee a los fusilados. Son aquellos a los que les parece mal que se desentierre a los muertos de las fosas comunes y se les dé honrosa sepultura. Son los que ponen el grito en el cielo si se pretende cambiar el nombre de una calle en cuya placa hay un general sangriento y fascista. Son los que han dicho recientemente (en realidad, en cada proceso electoral) que prefieren ser gobernados por una manada de corruptos antes que por un rojo. Hoy protestan por las Trece Rosas. Mañana lo harán por cualquier celebración guiada por la necesidad de justicia y el sentido común. Es tan estomagante como predecible. No tienen otro nombre. Fascistas.
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