Colón: la carta robada

La carta redactada por el propio Colón dirigida a los Reyes Católicos dando cuenta de su descubrimiento, fechada en 1493 y trasladada a bordo de La Niña en su viaje de regreso, fue dada a la imprenta por orden del navegante genovés en número de dieciséis (!!!) copias. Hasta donde llego, fue impresa por Stephan Plannck en Roma, en un formato de 18 centímetros de altura de ocho páginas de extensión en ese mismo año. Estamos por tanto hablando de dieciséis incunables porque están impresos antes de 1501.

Una de ellas se alojaba desde 1918 en la Biblioteca de Catalunya. Desapareció en 2005. Mejor: se dio el cambiazo por un ejemplar falso y contemporáneo. Parece que otras copias europeas habían sufrido el mismo destino (no ha trascendido el número exacto). El ejemplar de la Biblioteca Vaticana habría sufrido el mismo destino (el mismo modus operandi del cambiazo). La recuperación de ambos originales es ahora noticia. El catalán fue hallado en Brasil, mientras que el segundo fue rastreado y recuperado en los Estados Unidos. Sabemos que el robo italiano fue perpetrado por Marino Massimo de Caro, maestro de ladrones de libros, quien en su día fue director de la biblioteca Girolamini de Nápoles (allí cometió sus más famosas tropelías); no he llegado a saber a quién o quiénes se atribuye el expolio catalán, que necesariamente ha de haber contado con un maestro impresor que crease el facsímil con el que se sustituyó. Se necesita una buena estructura para cometer actos de este calibre; no es algo que se haga al descuido. En lo relativo al salto de estos actos a la esfera de la noticia cultural, hay que decir que el robo de libros de este calado es prácticamente opaco, y eso que estamos hablando de obras de incalculable valor: no suele trascender ni cuando se roban ni cuando se recuperan. Lo policial prima sobre el derecho a conocer qué está pasando con el patrimonio libresco en un mundo repleto de ladrones y compradores sin escrúpulos. Estamos hablando de bienes patrimoniales propiedad de todos los ciudadanos del país donde se aloja la biblioteca que los posee. Con ambos ejemplares restituídos a sus legítimos propietarios, se acaba la historia viajera de estas dos cartas. Por el momento al menos.

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Adiós, Lanzmann

Muere a los 92 años en París Claude Lanzmann, documentalista fundamental para entender (en parte) la barbarie fascista del siglo XX y el exterminio al que condujo el racismo y la xenofobia. Su mayúscula obra Shoah debería ser de obligada visión en todas las democracias para que la ciudadanía entienda adónde conducen las atrocidades que hoy en día, con cierres de frontera, deportaciones violentas e inasistencias de refugiados, estamos viviendo de nuevo.

Su mayúsculo documental no está accesible por medios digamos legales en España. Hace poco aún se podía conseguir en una edición en cuádruple DVD. Hoy ni eso; dice mucho de lo que interesa en este país.

Intercambio de conocimientos

No deja de ser curioso lo de los muchachos: un vecino, uno de ellos, que apenas habrá rebasado la frontera de los veinte años (si es que lo ha hecho) al verme con una camiseta de Marvel, me propone que «intercambiemos conocimientos sobre Marvel». Admirable manera de plantearlo. Nunca he sido un gran aficionado, pero quiérase o no, llevo leyendo tebeos desde hace cuarenta años. Por cómo me habla, por las cosas que me dice, calculo que, como mucho, él lleva viendo películas y teleseries marvelitas dos o tres. Qué tenemos que él y yo. Mejor: qué puede aportar él a un intercambio.

La siguiente pregunta es tan aterradora como consabida:

— ¿Y te gusta más Marvel o eres más de DC?

Ábrase la tierra, que ya me mastico yo solo.

Madre Naturaleza y derecho a la vivienda

No me extrañan el trino y las llamadas (de auxilio, de protesta) de los pequeños pájaros del parque en medio de las tormentas intermitentes, porque la Madre Naturaleza, esa que es tan sabia (por los cojones), no les ha enseñado a hacer nidos impermeables ni a que estos estén aislados del viento y el frío como sería deseable. Descontando algunos casos aberrantes, los animales superiores viven esencialmente en chabolas, en infraviviendas que se caen a pedazos y que no ofrecen a sus ocupantes las más mínimas garantías frente a las inclemencias.

Ser pájaro significa por tanto pasar frío a la menor corriente, mojarse en cuanto llueve un poco y protestar piando en medio de la desgracia. ¿A qué nos recuerda esto? Es lo mismo que les ocurre a los seres humanos desfavorecidos, ya no por la ignorancia del arte de la construcción, sino por las fatales condiciones materiales en las que se les ha obligado a vivir. No cash, no roof podría ser la divisa de la sociedad capitalista. Es aquello que vivimos a diario sin que parezca indignarnos el escándalo, más allá de cuando somos deportados a la calle por falta de medios. A partir de ahí, ni la más profunda sabiduría constructiva nos salva. Lo de las aves es por no saber hacer nidos mejores, pero lo nuestro es porque no nos dejan hacer nuestro propio refugio  —y la diferencia es mayúscula. Es aterrador conceder que en esta sociedad, un Le Corbusier indigente estaría condenado a vivir debajo de una pasarela o un portal.

Del buen tiempo y la buena tierra de la isla de Gran Bretaña y de la de Irlanda

Acostumbrados estamos a oir / leer echar pestes por parte de nativos y foráneos acerca de las condiciones que impone la tierra de la Isla de Gran Bretaña, la más grande de las Islas Británicas, si mal no recuerdo la novena en extensión de las islas del planeta. Sin embargo, son condiciones que debían resultar soportables e incluso benignas para los seres humanos de tiempos de Beda el Venerable, el eclesiástico que vivió a caballo entre los siglos VII y VIII de nuestra era, quien al hablar en su Historia ecclesiastica gentis Anglorum de Britania, la tierra en la que vivió toda su vida, afirma que

(…) es una isla rica en cultivos y en árboles, y buena para criar rebaños y bestias de carga, y que incluso en algunos lugares hace crecer viñas; pero además es tierra fértil en aves y su mar lo es en especies diversas, y también de ríos de mucha pesca y notable por sus copiosas fuentes y, desde luego, abunda en salmones y anguilas.

Quizás en la parte norte de Inglaterra, en Sunderland, más o menos donde él vivió, este tipo de pesca no sería posible, pero en tierra de los escotos es harto probable que

(…) se capturan muy a menudo focas y delfines y asimismo ballenas

Focas, nada menos. Pero además, la costa también provee

(…) de varios géneros de moluscos entre los que se cuentan los mejillones, en los que a menudo encuentran encerrada una perla preciosa, de todos los colores, a saber, rojo, purpúreo, violeta y verde pero sobre todo blanco. También abundan bastante y de sobra las caracolas, con las que se hace un tinte de color escarlata cuyo bellísimo rubor no puede desvanecerse nunca por el ardor del sol ni por el quebranto de la lluvia, sino que, cuanto más viejo, suele resultar más agradable.

Los copiosos moluscos podían dar alas a la industria joyera y tintorera, es decir, al lujo contra el que la mayoría de los eclesiásticos de su tiempo estaba en contra, pero no así Beda, que no encuentra nada a lo que oponerse.

También la isla es gozosa de vivir porque de manera natural provee de todos los elementos para hacer de ella un gran spa comunal, abierto a todos sus habitantes sin que hubiese que pagar un bono por su empleo. Eran otros tiempos, como se ve, dulces y dichosos para el ocio y la salud.

Tiene fuentes salinas y también termales, y, derivados de ellas, arroyos para baños calientes a disposición de las personas de toda edad y sexo en lugares separados y según la conveniencia de cada cual.

Una explicación química-geológica de las aguas termales nos remite a San Basilio, autoridad incontrovertible en geotermia:

En efecto, el agua, como dice san Basilio, recibe su calor cuando pasa a través de ciertos minerales, y no sólo se vuelve caliente sino que incluso hierve.

Con respecto a la minería, ya Beda nos advierte de la abundancia de carbón, el mismo que haría desde finales del XVIII al Reino Unido el primer país capaz de afrontar una Revolución Industrial; todo hay que decirlo, los pobres fueron un ingrediente necesario, y la isla tenía de ambas cosas a paladas. Pero centrémonos en los minerales:

Y esta tierra, fecunda también en venas de mineral –cobre, hierro, plomo y plata–, cría también mucha y excelente piedra de azabache, que es de reflejos oscuros, arde al acercarla al fuego; al quemarse, ahuyenta a las serpientes y, cuando se la calienta frotándola, atrae lo que se le acerca, al igual que el ámbar.

Interesante e insospechado el uso de la combustión del carbón como medio para alejar a las serpientes. Cabe sospechar que estas debían ser numerosas en la isla, y que había tantas que aún sobraban para exportarlas a la vecina Hibernia (esto es, Irlanda), donde no se criaban ni para atrás, y donde además las editoriales de la tierra editaban libros que, en sí mismos, anulaban los efectos de su veneno.

No se suele ver allí ningún reptil y ninguna serpiente puede vivir en la isla. Pues normalmente las serpientes llevadas allí desde Britania se mueren tan pronto como les llega el olor de aquel clima al acercarse el navío a tierra. Más todavía: casi todo lo que produce la isla es eficaz contra su veneno. Por último, hemos visto que a algunos que habían sido mordidos por una serpiente, tras dárseles a beber las raspaduras de algunos códices que provenían de Hibernia puestas en agua, al momento absorbieron y calmaron toda la virulencia del veneno que estaba haciendo su efecto, toda la hinchazón de su cuerpo inflamado.

Jamás se le habría ocurrido a uno la idea de llevar serpientes a Hibernia —a no ser para dar por saco a los irlandeses, cosa de la que los ingleses siempre han sabido bastante—, ni mucho menos en hervir raspaduras de códices irlandeses y dárselos a beber a aquellos a los que les hubiese mordido un reptil, pero como se ve, los caminos de la Ciencia son tan intrincados como misteriosos.

Ha de reconocer Beda, por mucho que ame su tierra fértil en focas y en moluscos, que Hibernia tiene su encanto y que su clima es más agradable incluso que el de la Isla de Gran Bretaña, puesto que

(…) por su salubridad y por lo apacible de su clima, aventaja mucho a Britania, de manera que allí raramente la nieve dura más de tres días, nadie siega heno o construye establos para el ganado a causa del invierno.

Es decir, que esas actividades de estabular el ganado durante el invierno que canta Horacio y que debían concluirse en tierras latinas a la vuelta de abril y del Favonio, en Irlanda no son siquiera necesarias de lo suaves que son sus inviernos. Y volviendo a Horacio, a quien quizás Beda tenía en la cabeza, parece recordar aquel épodo en el que se habla de las Islas Afortunadas, que como Irlanda manan leche y miel:

La isla es rica en leche y en miel y no desconoce las viñas, las aves y los peces, pero es también especialmente notable por su caza de corzos y de venados.

No solo leche y miel, como se ve, sino también vino, aves, peces, corzos y venados, lo que tenía que suponer, en un mundo medieval que no había discurrido sobre el veganismo, en un verdadero paraíso alimentario.

Mejor haber nacido muerto

Al noble Ipu Ur («Ur» era la titulación de los príncipes) debemos el escancio de un relato del desastre sufrido posiblemente al final del Imperio Antiguo, en el 2190 antes de nuestra era. Si hemos de creer en la veracidad del texto —y no tenemos razones para pensar lo contrario—, las revueltas sociales y la subversión del orden establecido produjo una convulsión inmensa: el hambre, la enfermedad, los saqueos, la guerra, el asesinato, el robo o las injusticias de toda laya (entre las que el autor, extremadamente conservador, incluye la movilidad social o que los extranjeros sean tomados por egipcios) se han abatido sobre el Doble País. Sus Lamentaciones se conservan en el Papiro de Ipu Ur (o Ipu Wer), más propiamente llamado Papiro de Leiden I 344, que es una copia datada en el siglo XIII antes de nuestra era.

El texto, como digo, es muy anterior a su actual soporte. La cautela de los estudiosos no permite adscribirle una fecha de composición, pero hay consenso en que debió ser escrito o en los desórdenes del Primer Periodo Intermedio (del 2190 y el 2052 AC) o en los del Segundo Periodo Intermedio (1650-1550 AC), y más bien al comienzo de estos periodos que durante su final. Ipu Ur habla de las calamidades que se sufre en la vida cotidiana contrastándolas con el viejo orden del Imperio, como si no hubiese pasado demasiado tiempo entre uno y otro. Claro que el sentido del tiempo que podía tener un egipcio del siglo XXI antes de nuestra era (o del XVII ANE) es algo que habría que considerar; quizás para él, mil años eran un suspiro. A fin de cuentas, los egiptólogos, en lo relativo a las fechas de composición, oscilan entre un lapso de tiempo de 500 años arriba o abajo sin ruborizarse. En esta casa siempre nos hemos mantenido en la tesis de la composición antigua: Ipu vivió por tanto a finales de la Dinastía VI o a principios de la VII, en pleno siglo XXII antes de nuestra era. No hay más razones de peso que la de la costumbre; en este caso, no podemos jactarnos de rigor metodológico.

Lo que conocemos con el nombre de las Lamentaciones de Ipu Ur proporciona una información rica en primera persona de la terrorífica situación de su tiempo; entre los conceptos que maneja, vemos algunos que han causado una perdurable impresión hasta el punto de permanecer vivos en tiempos contemporáneos: el primero de ellos es la identificación del gobernante como pastor y el pueblo como rebaño (visión ampliamente difundida por el cristianismo; pero aún hoy cuando hablamos de líderes que guían a los pueblos tenemos ecos de esa imagen); también, la figura de la administración estatal como una nave (¿quién no ha escuchado hablar de «la nave del Estado» en textos políticos o periodísticos, en declaraciones radiofónicas o televisivas?). Una tercera imagen que sigue vigente a través de los siglos: ante las desgracias extremas, habría sido mejor que el que las sufre hubiese nacido muerto (aprende, Miguel Delibes), tal y como es expresado con crudeza en IV 2-3.

Este lamento expresado de esta forma tan concreta y con apenas alguna variación, reaparece con mucha fuerza en la literatura griega siglos después hasta convertirse en un verdadero lugar común que parece que todo griego quisiese volver a escribir; en tiempos antiguos, Teognis de Mégara, quien también vive las convulsiones de su tiempo y ve como su ciudad pasa de las manos de los aristoi a las del tirano Teágenes con el apoyo por el pueblo, lo que le conduce al exilio, insiste con amargura que habría sido mejor no vivir o nacer muerto. Las razones son similares: Teognis dice que no puede soportar ver a hombres que han sido pobres lucir ricos vestuarios y atender el gobierno de la ciudad, mientras que los antiguos nobles no tienen ni para pipas. Ese pensamiento, a despecho de o gracias a lo negrísimo y duro que es, prospera. Cito rápidamente algunos casos. Escribe Sófocles: «No haber nacido nunca puede ser el mayor de los favores»; Epicuro, en la epístola a Meneceo dice que «Bello es no haber nacido pero, puesto que nacimos, cruzar cuanto antes las puertas del Hades»; Plutarco adjudicándole las palabras a Aristóteles en su Consolación a Apolonio, parágrafo 27: «En su “Eudemo o Sobre el alma” [dice] lo que sigue: (…) El respondió: “Que lo mejor de todo es no haber nacido, y que es mejor morir que estar vivo”».

Esto ha sido repetido por los autores cristianos hasta decir basta. Ni siquiera se contrapone la idea de la felicidad celeste una vez uno ha muerto, sino que basta con ser desgraciado en la tierra para formular el tropo. Ya para empezar, la Biblia tiene suficiente querencia a este pensamiento: En Eclesiastés 4:2-3 se felicita por su suerte a los muertos antes que a los vivos; En el Libro de Job (el más «egipcio» de todos los que se compilan en el Libro, en el sentido de recoger el lugar común iniciado por Ipu con mayor fidelidad) el narrador dice que Job maldice el día de su nacimiento, y que le gustaría haber sido un aborto desechado y no existir, como los niños que nunca vieron la luz (más claro no se puede ser); en las también Lamentaciones, pero esta vez en las de Jeremías, el propio protagonista reprocha a su madre haberle dado a luz; también el evangelista Mateo dice lo mismo (Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido; 26:24) y ve repetida su frase en los sinópticos (Marcos 14:21: Mejor a ese hombre no haber nacido). A partir de ahí, se autoriza a todo escritor cristiano a repetirla a manta. ¡Si supiesen ellos de dónde provenía!

Es esta doble vía (la helénica clásica y la cristiana) la que hace que esta formulación permanezca viva a lo largo de los siglos. Calderón la incluye en los lamentos de Segismundo (El delito mayor / del hombre es haber nacido) y Goethe la pone en boca de Mefisto en su famosa autodescripción: «Soy el espíritu que siempre niega, y lo hago con pleno derecho, pues todo lo que nace merece perecer, mejor sería entonces que no naciera». Como no, el filósofo más preocupado por lo que ha de ser la verdadera vida, es decir, Friedrich Nietzsche, quien conocía al dedillo el texto de Goethe, incluye en su temprano Nacimiento de la Tragedia un apólogo que conserva y renueva la ocurrencia en boca de Sileno: «Dice una vieja leyenda que durante mucho tiempo el rey Midas había perseguido en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poderlo atrapar. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es para el ser humano lo mejor y más ventajoso de todo. Rígido e inmóvil el demón guarda silencio; hasta que, obligado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras en medio de una risa estridente: (…) Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti morir pronto.»

El romántico Nicomedes Pastor Díaz también recurre a este tropo en el que nacimiento y muerte están unidos, para hablar de las desdichas que le proporcionan los recuerdos amorosos, ahora finalmente perdidos: «Y mejor bajo un túmulo de mármol / encerrarse al nacer, muerto viviendo, / que ver la luz, la soledad sufriendo / con un recuerdo celestial de amor.»

Ya en tiempos contemporáneos, el poeta ecuatoriano Manuel Agustín Aguirre escribía en 1935 «Para qué naciste negro: / hubiera sido mejor / no nacer o nacer muerto»; también el mexicano Hugo Argüelles, en La boda negra de las alacranas, con concisión, en boca de Victoria: «Mejor nacer muerto»; la escritora (y académica) Carme Riera, en su novela Por el cielo y más allá, publicada por Alfaguara en 2006, escribe con suprema torpeza sintáctica «(…) se hartó de decir por todas partes que lo mejor que podía hacer el hermanastro era nacer muerto». Es harto conocida la repetición que hace Borges en su breve poema El poeta declara su nombradía; incluso Javier Marías tiene un artículo con ese título: Lo mejor es no haber nacido.

Pocos autores o pensadores podrían jactarse de haber legado a la posteridad unas imágenes tan duraderas, tan empleadas. Recordamos los tiempos de Ipu Ur, donde él no tenía una tradición a la que agarrarse, y cuando para hablar de que el Estado era similar a una nave o que es mejor haber nacido muerto que ser protagonista de la desgracia había que echar mano de la imaginación creadora. Ipu Ur es hoy polvo entre el polvo y su texto es rara vez leído, salvo por los historiadores y por aquellos que quieren ejercitarse en la traducción de lenguas antiguas. Conviene recordarlo, aunque sea solo por el motivo de la pervivencia: no es una cosa menor.