Séneca nos consuela de la vejez en la epístola XCII a Lucilio

Seguidor de la stoa romana, en la epístola a Lucilio número XCII, Séneca echa en falta la equidad de su correspondiente al lamentarse de la muerte antes de tiempo (según se asegura) del filósofo neapolitano Metronacte. Si no en la estructura, la carta mantiene la argumentación básica de los escritos consolatorios con los que los retóricos azotaban a los afligidos por la muerte de alguien. Así, en el very beginning, el filósofo hispano lanza la primera invectiva a su querido Lucilio: no está obrando correctamente con los dioses, puesto que ellos son quienes decretan cuándo la gente muere, que, siguiendo este argumento de peso, lo hace exactamente en su momento y no antes ni después. Hecha esta censura, Séneca demuestra haberse enterado de lo que quiere decir antes de tiempo: hace referencia a tenor del texto a que Metronacte no había alcanzado la vejez y que murió, por tanto, en relativa juventud. No entra Séneca en su carta a hacer una valoración frontal de la vejez, aunque algunas afirmaciones puedan extraerse de su discurso; afirmaciones bastante burdas y superficiales que tientan al lector a desalojarle del pedestal de filósofo en el que se le ha encaramado.

La relación que se establece entre la vejez y la muerte es funcional. Es decir: las disminuciones personales no son relevantes, sino que depende de la vida que se lleve. Prolongar una vejez penosa, tanto para él como para los demás parece hacer referencia a antes a la inactividad en la vida que a una atribución de la propia vejez; puede inferirse que, para Séneca, la vejez no condena necesariamente a esa deplorable inactividad que tanto molestaba a los estoicos, lo que ya demuestra cierta ligereza al juzgarla.

Invertir bien el tiempo —y de inversiones sabía bastante nuestro cordobés terrateniente— es lo primordial en la vida: ser buen ciudadano, cumplir con los deberes familiares, religiosos y relativos a la amistad; no temer al futuro (a la Fortuna, como llaman estos buenos funcionalistas), afrontar la desdicha  con serenidad y las alegrías con templanza es suficiente para el hombre. La vejez es tomada simplemente como una prolongación del tiempo de la vida: La cuádruple referencia que hace a los ochenta años no se dirige tanto al anciano como al tiempo que el ser humano, imperturbable e inmutable, lleva viviendo sobre la tierra. No se distinguen las diferencias entre el niño, el joven, el hombre o el viejo, o peor: se juzgan irrelevantes. Como si todo fuese lo mismo; cosa en cierto modo comprensible para los seguidores de ese estoicismo hueco latino, poco amigo de interrogarse y tendente a pasar por la vida con una cierta indiferencia de ánimo.

Que tiemblen las rodillas, que disminuyan las fuerzas, que las funciones vitales decaigan no es en sí destacable: lo que importa es el temple con el que se afronten esos sinsabores. El corolario final parece pasar por el propósito (o el deseo) de quitarse de enmedio en el momento que las incapacidades afecten demasiado a la función social del individuo. Estas son las cegueras que nos ofrece Séneca: un narcótico para vivir y una falta de distinción entre los fenómenos capaz de soliviantar al más mendrugo. No sé por qué los estadounidenses no le erigen una estatua en cada esquina.

Una defensa de la vejez

Debemos a Diógenes de Enoanda nuestro más extenso conocimiento sobre la Defensa de la vejez de Epicuro, porque a este buen epitomista se le ocurrió escribir, a falta de libro, un muro de unos ochenta metros con lo que consideró esencial de la doctrina epicúrea. Teniendo en cuenta el paso de los siglos, los fragmentos que nos quedan del muro de la ciudad de Enoanda son una muestra más de la harapienta condición en que ha quedado Nuestra Señora la Historia.


En este texto, insisto, que es el más extenso que nos queda de este particular libro del Maestro del Jardín, apenas podemos entresacar nada en claro salvo tres o cuatro ideas generales; suficientes, sin embargo, para detectar que es uno de los primeros en aportar tan singulares ideas sobre la vejez. De funesto umbral había calificado Hesiodo la entrada en esta región de la vida; el fragmento 1D que conservamos de Semónides de Amorgos, poeta yámbico del siglo VI AC ya advertía de la decrépita vejez que se abalanza sobre los hombres para arrancarles la vida y arrojarlos al hondo pozo del Hades, y los versos de Anacreonte son sin duda reveladores de lo que era evidente para todos en el mundo antiguo:

Nos blanquean ya las sienes,
la cabeza cana, y ya la
juventud se fue gozosa
y los dientes van reviejos;
y no es mucho el tiempo de esta
que nos queda dulce vida.
Con que en miedo al otro mundo
suspirando siempre ando;
pues medroso el Hades es en
sus honduras, y es penosa
su bajada: que al que baja
se le da que ya no sube.

No estaban mal encaminados los griegos de época antigua al atender a un hecho autoevidente que les llevaba deplorar la vejez y asociarla al consumirse de las fuerzas y, por tanto, de la vida. Sin embargo, en época posterior, el libro de Epicuro transita por el prejucio (tan griego, tan occidental: corre desde los albores del pensamiento arcaico helénico  hasta entroncar con Heidegger, pasando por toda la filosofía europea entre ambos) de negar la evidencia en busca de una idea oculta que explique la cosa al tiempo que contradiga todo lo que se pensaba de ella. Ya decía el mismo Heraclito en este sentido que la verdad gustaba de esconderse y por tanto, obligaba a juzgar lo aparente como falso. Acerca de la vejez, Epicuro prefiere seguir un camino argumental que tuvo que ser sorprendentes en su tiempo. Habitante de una polis refinada que le protegía del peligro diario y donde no era indispensable el mantenimiento de las fuerzas físicas para conservar la propia vida, el filósofo enuncia la asombrosa idea de que la vejez, contrariamente a lo que cualquier simple podía comprobar con solo tener los ojos abiertos, era en realidad un bien para el ser humano.

Es muy posible que de entre todos los griegos fuesen los atenienses los que más acostumbrados estaban a escuchar a rétores que, mediante la argumentación, era capaces de sostener las ideas más inopinadadas (desde mucho antes, las burlas de Aristófanes en Las nubes consignan hasta qué punto resultaba cotidiano a la par que irritante semejante modo discursivo), y en ese marco particular, las que mantuvo Epicuro no fueron inmediatamente desechadas, si es que hemos de guiarnos por su fortuna posterior. Podemos encontrar su eco (o su calco) en numerosos textos posteriores de época clásica como medieval (Lucrecio y Cicerón a la cabeza). Se asienta en dos pilares apriorísticos que con el tiempo se convirtieron en tradicionales en las obras escritas para ensalzar la ancianidad.

Primero, que dado que en la vejez las pasiones del ser humano ya han muerto, de esto deviene un gran bien para el Hombre.

Segundo, que si bien es indudable que durante la vejez merman las fuerzas físicas, a decir de Epicuro hay que alegrarse de que la inteligencia permanezca incólume («Aunque el cuerpo haya envejecido, la inteligencia del ser humano aún se mantiene firme»).

Pero es obvio que el primero de los asertos confunde la (supuesta) extinción de las pasiones (si es que estas están relacionadas, como se relacionaban en la Antigüedad, con la erótica) con la extrema dificultad o la imposibilidad física de consumarlas. Si esta escollo es suficiente como para proporcionar lo que llamamos paz de espíritu al ser humano, es harina de otro costal, y en cualquier modo tiene más que ver con el asombroso prejuicio (sostenido aún por las religiones organizadas) de que la función sexual anula o aparta al Hombre de sus verdaderos objetivos (que no sé de dónde nace idea tan peregrina).

Más irritante es la ceguera de no observar una disminución de la inteligencia durante la ancianidad, disminución que viene produciéndose desde que se abandona la edad juvenil, tal y como explican los neurólogos. Perdemos capacidad día a día siendo adultos y llegamos a viejos (si es que llegamos) con nuestras facultades intelectivas mermadas. Y para conceder esto, no hace falta señalar la demencia senil, último estadio en el que nos sumiremos. La merma es anterior, comienza mucho antes y es tan constante como imparable. Nadie tiene mayor capacidad de aprendizaje o de comprensión siendo viejo que cuando era joven. Véase un aula en la que convivan jóvenes con personas maduras y forzosamente se apreciará el ritmo desigual de aprendizaje de unos y otros. Nada más normal, por otra parte, ni más acorde con el deterioro biológico que se produce en todos los animales, reino al que pertenecemos: al igual que ocurre con todas nuestras funciones orgánicas, con la edad disminuyen las del intelecto —cerebrales, neuronales. ¿Por qué habrían de ser distintas de la capacidad respiratoria, cardiaca, hepática, renal, etc?

Estas dos ideas, se dirá, son producto de la filosofía antigua, que como tal no tiene incidencia ni vigencia en la vida actual. ¿Estamos seguros de ello? ¿En cuantas películas o textos polulares escritos aparece la figura del anciano sabio? ¿Alguien imagina un Gandalf joven? ¿Acaso Obi-Wan Kenobi no se muestra palmariamente más inteligente cuando lo encarna un maduro Alec Guiness que durante su alocada juventud? (pongo dos ejemplos de baja calidad, pero de indudable impacto en la cultura occidental contemporánea).

Seguimos, pienso, alimentando la misma antorcha equivocada desde hace más de dos mil años y su luz no nos ilumina el camino de la verdad. Fuera máscaras. No seremos más sabios, ni más listos, ni estaremos menos sujetos a las pasiones de viejos que de jóvenes. Más tontos, más necios, menos capaces. A despecho de Epicuro, nos espera el trayecto hacia la baba colgante y la indigencia intelectual. Con suerte.

Dos libros de Juan Ramón Jiménez liberados por la editorial Aguilar

Es bien sabido —por quienes saben— que tanto Ninfeas como Almas de violeta, los dos primeros libros de Juan Ramón Jiménez, fueron proscritos por el autor al poco tiempo de ser editados. La cosa fue más allá de prohibir ulteriores reediciones o el ser incluídos en sus obras completas. Habiéndolos calificado de borradores silvestres, Jiménez trató de localizar durante años todas y cada una de las copias que habían sido compradas o dedicadas para poder destruirlas (no logro entender por qué un borrador o algo silvestre merece tan enconada persecución). Se sabe también de cierta admiradora del poeta de Moguer que se unió a la cacería y que dedicaba su furia a arrancar dos páginas completas (30-31 y 43-44) de Almas de violeta en cada ejemplar que localizaba ( y localizó un buen número), asegurando que contenían poemas que no le gustaban al autor (debían ser más silvestres y borrosos que sus compañeros). La escasez de ejemplares de las ediciones de septiembre de 1900 y la falta de reediciones ha puesto difícil a los lectores la posibilidad del entendimiento de un Juan Ramón Jiménez fervorosamente modernista. Editorialmente, se ha respetado durante mucho (demasiado) tiempo el deseo del autor: ni la Edición del Centenario en veinte volúmenes publicada por Taurus ni la obra completa publicada por Visor (que no sé si ha acabado de editarse; prometieron cuarenta volúmenes, y llevan cuarenta y cinco a fecha de hoy, entre los que se cuentan los primeros versos publicados en diarios sevillanos, quizás no lo suficientemente silvestres) los incluyen. Sospecho que los herederos han tenido bastante que ver. Esto nos introduce de lleno en un debate en el que en que se aúnan los derechos de autor y el respeto a las últimas voluntades (por un lado), con el deber del conocimiento literario y en el significado que tiene la publicación de un libro (por el otro). De haber hecho caso a las pulsiones a veces asombrosamente melindres de sus creadores, para empezar no tendríamos La Eneida (hemos de recordar que Virgilio ordenó purificarla en la hoguera). Tampoco conoceríamos gran parte de la obra de Kafka, ni posiblemente tendríamos una cuarta parte de lo que escribió Tchaikovsky (siempre tan inseguro de sus portentosas capacidades). En este caso, no estamos hablando siquiera de borradores (mal que le pesase a Juan Ramón Jiménez), de textos en preparación —que sin embargo, sí han sido publicados—, de diarios no previstos para la edición o de escritos personales de uso de su autor , sino de obras ya dadas al público en un momento concreto. Ya no hay paso atrás que valga. El delito (o la acción literaria) está ya cometido. No hay vuelta atrás.

La desesperación del lector que trata de conocer toda la obra poética de Juan Ramón Jiménez puede hacerle recurrir, como parece obvio, a la adquisición de estas primeras ediciones maldecidas por su creador. Almas de violeta se pubicó en Madrid en la editorial Tipografía Moderna en septiembre de 1900. Se trata de un pequeño volumen, en rústica de 52 páginas de 19 centímetros de alto e impreso en una delicada tinta morada. La acción destructora combinada del poeta y su devota (y anómina) admiradora hace que hoy en día sea casi imposible de encontrar un ejemplar íntegro de esta edición. He localizado una copia de este libro, naturalmente con las faltas que comentaba (las cuatro páginas arrancadas bien por uno de los dos, bien à quatre mains). No piden más que 1.500 euros, cosa que no está nada mal para un ejemplar mutilado.

En el mismo formato, editorial y fecha fue publicado Ninfeas, teniendo este libro la particularidad de estar impreso en tinta verde. Como su compañero, está atribuído a Juan R. Jiménez (lo de Ramón debía sonarle muy vulgar y sonoro al exquisito poeta granadino), y lleva un atrio en verso de Rubén Darío fechado en París el mismo año de la edición (un hecho notable para un primerizo que te lo presente un autor de la talla de Darío). En las páginas iniciales se anuncian próximas obras de Juan Ramón Jiménez, que nunca llegaron a ver la luz editora. El ejemplar que he encontrado, por aquello de conservar las cubiertas originales y de no haber sufrido proceso de mutilación alguno, tiene un precio de 3.900 cucas (de las de ahora, es decir, euros), precio que animo a satisfacer en mi beneficio a todos esos improbables seres humanos, compasivos y de pudiente bolsillo que lean este blog y sientan al tiempo el inexplicable deseo de hacerme feliz. ¿Hay alguien ahí afuera?

Por fortuna, cuentan los lectores de a pie de calle —sometidos a las estrecheces de la vida común y del salario prudente— con la edición, dentro de la serie Premios Nobel de la editorial Aguilar, de un volumen dedicado a Juan Ramón Jiménez titulado Primeros libros de poesía. Advierten los editores el escollo que han tenido que vadear para la publicación de estos libros (tontos no eran) y aunque eran conocedores de los deseos del poeta, resuelven de una forma un tanto fullera un año después de su muerte (Juan Ramón Jiménez muere en 1958). Una vez que ha desaparecido la única persona con autoridad suficiente como para silenciar su propia voz, estando el muerto en el hoyo, el editor habrá de ir al bollo. Con tan singular silogismo a cuestas, se atrevieron a publicar en el volumen citado, a modo de apéndice, tanto Ninfeas como Almas de violeta. Pese a lo que piense de los destructivos deseos que a veces asaltan a los literatos, no se me escapa que esto ya no es saltar por encima de los fundamentos del derecho de propiedad intelectual, sino dar un salto mortal por encima de ella con tirabuzón (y pedorreta) incluído. La ley actual reconoce la propiedad intelectual como un derecho transmisible a los herederos. Ignoro lo que pasaba en la legislación franquista al respecto. En cualquier modo, hubiese conducta punible o no en la decisión, generase el espectáculo procesal entre herederos legales y editorial o no, el movimiento procuró a los lectores que esas obras que se le habían hurtado durante tanto tiempo, pudiesen caer en sus ojos y manos.

Hay que decir que, a falta de respetar los caprichos de Juan Ramón Jiménez (caprichos asistidos por la ley, por otra parte), la editorial Aguilar tuvo el buen gusto de reproducir estos libros con el color de tinta original con el que fueron impresos en su día. No sé si sirve de mucho, pero ahí quedó.

Llega pues el final de este texto en el que se termina de explicar que uno puede leer los dos primeros libros de Juan Ramón Jiménez en un volumen en el que a lo mejor no sabía que estaban, máxime cuando le va a ser harto complicado encontrarlos en otras ediciones. Naturalmente, para que lo escrito tenga su utilidad han de producirse varios supuestos: que los lectores sepan que hay dos libros de Juan Ramón Jiménez llamados Ninfeas y Almas de violeta;, que hay un poeta llamado Juan Ramón Jiménez; que hay algo llamado poesía, que existe una cosa denominada literatura, y que hasta el siglo pasado se ha considerado la literatura algo de importancia dentro de la cultura occidental. Demasiadas condiciones previas, me parece a mí, para el momento en el que estamos. En el último año del siglo XIX, cuando fueron publicados estos dos libros, los grandes autores literarios eran seres socialmente reverenciados. Quizá no se hacían ricos;  ahora tenemos la noción de éxito tan aparejada al dinero que apenas podemos concebir que se sea famoso y pobre. ¿Alguien imagina a un Cristiano Ronaldo o a un Messi viviendo con estrecheces en el pináculo de su fama?. Por entonces, los entierros de los poetas eran multitudinarios y movilizaban a todos los grupos sociales. El Estado no perdía comba: un poeta era una gloria para el país y no podía permanecer ajeno a su desaparición. Cabe preguntarse cuántas personas asistieron al funeral de Alfredo di Stefano, cuando en 1885, más de 40.000 parisinos velaron a Victor Hugo y su carroza mortuoria fue acompañada por una división del ejército.


Espectáculos aparte, es significativo su existencia: He comparado intencionadamente a las estrellas del pasado (escritores, artistas, compositores de música culta) con deportistas (me han faltado los tipos que salen en televisión o los youtubers) para constatar que la Literatura (la Música, la Pintura) ha perdido peso específico en nuestra manera de vivir. Era esperable, puesto que hoy no se lee, no se escucha música y no se acude a las exposiciones pictóricas. Y cuando se hace, se hace con una ligereza y superficialidad irritante. No se valora, no se le da la importancia que merece. No discutimos un verso de Mallarmé o una escena de Shakespeare, sino el último logro de cualquier deportista, la penúltima boutade de un programa, el video chorra aparecido en Twitter y que se ha hecho viral (famoso; no está mal considerar que quienes lo han visto están infectados). No es un simple cambio en la jerarquía de importancias, sino un timo. En él, hemos salido perdiendo, hemos naufragado de manera miserable. No hay comparación posible. No hay todavía un relato lo suficientemente aclaratorio para explicar de qué manera escandalosa nos hemos empobrecido como Cultura.

Ahora: si este es un relato veraz del Occiente del siglo XXI, hablar de libros en una página pergeñada en español  es una pérdida de tiempo y de recursos, un grito en el país de los sordos. ¿Realmente queda alguien que quiera leer Literatura (así, con mayúsculas) en estos tiempos de descrédito?

«Señalar que…»

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Dedicó Fernando Lázaro Carreter uno de sus dardos (pequeños artículos en los que se ocupaba de errores lingüísticos que se comenten en los medios de comunicación) a un (mal) uso del idioma consistente en el ilícito maridaje del infinitivo del verbo señalar con una oración de relativo. Escribía un ejemplo violentamente político:

«(…) Señalar, por último, que, según declaran algunos, están dispuestos a pasar a la acción directa».

Al menos en este lado del mapa cada vez hay menos declaraciones en las que se amenace con pasar nada menos que a la acción directa. Sí parece tener más éxito el empleo del señalar que. No por más mostrenca ha tenido menos fortuna esa manera de construir, y se ha instalado de manera tan triunfal en la manera de componer el discurso político-institucional que nos va a ser harto complicado desahuciarla. Lázaro Carreter lo notó en 1985; yo he tenido la ocasión de escucharlo en numerosas ocasiones en estos dos últimos años (hablo de 2015 y 2016). Son treinta años los que median. Tiempo suficiente como para que nos haya entrado en la cabeza que expresar con un infinitivo una acción que demanda sujeto es una aberración, un monstruito —según lo llama Lázaro Carreter. Sugiere el académico como sustitutivo formulaciones correctas y sencillas: «Señalaremos, por último, que…», o «Hay que señalar… que», o incluso «Debe señalarse que…».

Sigue advirtiéndonos:

No es solo señalar el verbo privilegiado con tan pedestre oficio, sino también otros varios, como anunciar, recordar, puntualizar, advertir y varios más. La anómala oración que constituyen suele ir como remate del texto informativo (de ahí el por último que ordinariamente los acompaña), pero, en los últimos días, se observa que el engendrillo tiene tendencia a trepar hacia lugares más altos de la noticia.

Se pregunta a continuación por el culpable y su origen:

¿De dónde ha salido tal aborto? No cabe descartar el influjo alienígena; pero, si existe, en cualquier lengua que hubiera servido de modelo, tal construcción sería también incorrecta: ninguna la tolera. Sin convicción, me inclino a creer que esta torpe criatura teratológica es nuestra y bien nuestra, suma memez nacida de un caletre hispano.

Después de explicar que su forma es propia de lo que algunos autores llaman block language —es decir, construcciones distendidas, no sujetas a norma, y que, sin embargo, se consolidan en bloques para funcionar útilmente en mensajes rápidos y concisos.— notamos que un discurso político no se produce por lo general en un contexto de exigencia de rapidez y de concisión. Por decirlo más claro; no ha lugar a que construyamos a la manera de Tarzán. Finalizaba su dictamen don Fernando:

Es vagancia, en suma, desdén hacia el lector o el oyente, a quienes el informador arroja en bruto sus apuntes, sin haberse tomado la molestia de elaborarlos, de vestirlos con un mínimo decoro formal.

Ahí queda eso.

Exposición General Española de 1929 y sus libros

En 1929 se celebraron en España dos grandes exposiciones: la Exposición Iberoamericana de Sevilla y la Exposición Internacional de Barcelona, presentadas ambas de forma conjunta y de manera oficial bajo la denominación de Exposición General Española. Mediante el recientemente creado Patronato Nacional de Turismo, la dictadura primoriverista dotó a la segunda de ellas de un carácter eminentemente industrial, mientras que reservaba para la sevillana, más centrada en las Artes y la Historia, la carga ideológica de mostrar al mundo aquello a lo que el Estado aspiraba que fuese la nación. Hay autores que han notado que este esfuerzo por mostrarse al exterior de una manera dada puede ligarse a lo que modernamente se ha llamado la creación de una «marca-país», ese concepto superficial difundido por Simon Anholt que tanto le gustó a nuestros muchachos y muchachas de Partido Popular como excusa para agitar la banderita mientras se llevaban España (o sus finanzas) a Suiza.

El esfuerzo ideológico y organizativo quedó reflejado en decenas de publicaciones y centenares de textos periodísticos; querría reseñar solo las dos obras oficiales nacidas en forma de libro, interesantes tanto por su valor histórico-ideológico como por la forma y la ejecución que tomaron, ambas publicadas en el mismo año 1929; me refiero, como parece claro, a la Guía Oficial de la Exposición Internacional de Barcelona y a su contrapartida sevillana: el Libro de Oro de la Exposición Iberoamericana, también del mismo año.

La Guía Oficial de la Exposicion Internacional de Barcelona fue editada en la misma ciudad por Rudolf Mosse Ibérica con impresión en los talleres de Joaquín Horta. Es un libro en cuarto, de 23,7×15 cms, con cubierta en media piel casera con dorado en lomera. Consta de 127 páginas + 64, siendo estas 64 páginas diversas inserciones de publicidad fuera de texto (entre las que se cuenta un gran desplegable de la casa de vinos y licores Byrrh, muy hermoso), 1 mapa desplegable y una postal, y está profusamente ilustrado con láminas tanto en blanco y negro como a todo color. El libro en sí es una bella muestra del arte gráfico publicitario de la época, y la edición con caja y lomera merece la admiración del bibliófilo.

exposicionbarcelona1929

Pieza mayor por otra parte es la editada para la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Se trata del magno Libro de Oro de la Exposición Iberoamericana, (puede verse en formato pdf en este vínculo —libro-de-oro-de-la-exposicion-1929-i— y este otro —libro-de-oro-de-la-exposicion-1929-ii), impreso en los Talleres Aldus (hay que ser arrogante para poner ese nombre a una imprenta) de Santander en 1929-1930. En este caso estamos hablando de un volumen monumental en plena piel repujada grabada en seco de XL+800 páginas. Este libro de enormes dimensiones gran folio (39x32cms.) está excelentemente ilustrado con fotografías y fotograbados; planchas y guardas están dibujadas por Luis Quintanilla. Los fotograbados fueron realizaron por las casas La ilustradora española y Antonio M. Páez, ambas de Madrid como nos advierte uno de los colofones. Las ilustraciones están firmadas por Bradley, Castro Gil, Cuervo, Méndez, Navarro, Pedraza, Ostos, Ruiz, Serny, Vázquez Díaz y Zaragoza, mientras que textos a dos columnas contienen unos 250 artículos escritos por lo más granado de las letras españolas del momento: Federico García Lorca, Pío Baroja, Eduardo Marquina, Ramón Pérez de Ayala, Concha Espina,  Eugenio d’Ors, los hermanos Quintero, Armando Palacio Valdés, Jacinto Benavente, Manuel B. Cossío o Ramón Gómez de la Serna, entre otros muchos. Colabora el sevillano Manuel Machado y se echa en falta la pluma de su hermano Antonio. Con este volumen ya estamos entrando en palabras mayores: no es un libro cualquiera sino uno hecho con todo el cuidado y el despliegue técnico editorial. El precio con el que salió a las librerías era ya muy alto para la época (40 pesetas), y eso que el Patronato inserta una nota explicando que los costes editoriales se habían visto reducidos por la inserción de encartes publicitarios, y hoy en día no ha descendido precisamente a precios de baratillo.

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A modo de propina: para la coordinación entre ambas sedes, se creó un Consejo de Enlace de las Exposiciones de Sevilla y Barcelona, que editó un precioso cuaderno de 31 páginas, 24X17 cms., recogiendo aspectos de ambas exposiciones. El cuaderno también ilustrado con fotografías y fotograbados, fue impreso en los talleres Gráficas Reunidas de Madrid también en 1929.

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También nuestros riñones

El IHME (Institute for Health Metrics and Evaluation, o Instituto de Métrica y Evalución en Salud), organización vinculada a la Universidad de Washington y encargada de recabar datos macroscópicos sobre la salud humana mundial, advierte que las nefropatías (enfermedades de riñón) están teniendo un mayor porcentaje de prevalencia durante las últimas décadas; tendencia al alza que sigue también la diabetes y (atención) la miopía. En México ha alcanzado cifras epidémicas y estas nefropatías están poderosamente vinculadas a la diabetes, que (de nuevo) en este país tiene una incidencia altísima. Pero el caso mexicano no es el único ni de lejos, y sí solo el más acentuado: en las gráficas publicadas —véase imagen— se muestra un ascenso exponencial en todo lugar, esté desarrollado o no.

Naturalmente, una cosa es notar su aumento y otra bien distinta diagnosticar las causas, que son múltiples, complejas y no de sencillo dilucidar. Se apunta con insistencia a los cambios en las pautas alimentarias y a la obesidad generalizada, pero otras fuentes hablan de factores que quizás no estamos computando, que pueden ir desde la mayor capacidad de la Sanidad de cada país para detectar las enfermedades de sus habitantes (con lo que estaríamos detectando cada vez mejor lo mal que estamos), a la contaminación del entorno en las sociedades industriales y postindustriales. Es posible incluso que el ser humano esté sucumbiendo en tanto especie, y que cada vez más dependa del auxilio de la ciencia y la investigación médica. En cualquier modo, el caso es el caso: cada vez vemos peor, cada vez nuestros riñones nos ocasionan más muertes, cada vez hay mayor número de diabéticos. No son cuestiones menores que produzcan una gran confianza en lo que nos va a deparar el futuro.

El texto procede del
Infografía y texto: Investigación y Ciencia No. 485 (Febrero de 2017), pg. 43.

¿Hacia la curación de la diabetes?

ic-2017-01-001El número 484 de la revista Investigación y Ciencia (versión española de la revista Scientific american), correspondiente al pasado mes de enero de 2017, contiene un artículo que en portada se anuncia en una cartella de destacados bajo el título Hacia la curación de la diabetes. En el interior, el título completo del artículo reza Los caminos hacia la curación de la diabetes, que ya parece algo menos y que nos dice exactamente eso: que estamos en el camino (en el caso de que lo estemos), y que no hemos llegado a la meta. Peor aún la sección final del artículo, que concluye bajo el epígrafe ¿Habrá un futuro sin diabetes?. (véase la imagen inferior o, si se quiere, todo el artículo en el vínculo dejado más arriba). Horror. Ahora ya no es tan seguro.

Durante los años que llevo siendo diabético (ya son 16) he leído cada año que la cura de esta enfermedad era inminente: esta inminencia se ha ido dilatando en el tiempo de forma casi infinita, hasta dejar a diabéticos e investigadores, en lo relativo al estricto capítulo de la curación, exactamente en el mismo punto en el que nos encontrábamos en el año 2000. No se ha encontrado cura. Todas las metodologías empleadas han conducido al fracaso. Si bien en el texto se esbozan las distintas líneas de investigación, se hace con un optimismo que no ha lugar. Son más de quince años ya. No es un plazo corto, mucho menos en el terreno ultraveloz del avance científico. La gente sigue arrastrando su diabetes, sigue padeciendo las severas patologías circunscritas a esta enfermedad, sigue muriendo, y todavía estamos en el desalentador sendero de la curación de la diabetes.