Tocqueville: después de la Revolución

Tocqueville era un aristócrata y sus intereses iban de la mano de sus intereses de clase: ningún misterio. A la vez, fue extraodinariamente clarividente como para comprender que esos intereses eran los propios de un mundo que se moría, y que lo que iba a venir a sustituirlo era lo que hemos venido a llamar democracia liberal regida por la burguesía. Tocqueville, en la espiral revolucionaria de su siglo y lugar, entendió también que en esta democracia (que apenas merece el nombre), las clases populares iban a quedar excluídas.

En lo relativo a lo ocurrido después en estas partes del mundo, no tenemos otro remedio que conceder que se hallaba en lo cierto. Seguimos en manos de los burgueses, cuyo poder omnivoro se han extendido por todas las áreas de la sociedad, en un régimen que mira más hacia el beneficio personal de estos que hacia el bien común de la gente que compone la nación (la perífrasis es adecuada en España). En los compases iniciales de sus Souvenirs (traducidos en castellano también a la perifrástica: Recuerdos de la Revolución de 1848) escribe estas líneas que, en cierto modo, vienen a casar bastante bien con lo que padecemos hoy:

Me parecía que el año 1830 había cerrado este primer período de nuestras revoluciones, o, mejor, de nuestra revolución, porque no hay más que una sola, una revolución que es siempre la misma a través de fortunas y pasiones diversas, que nuestros padres vieron comenzar, y que, según todas las probabilidades, nosotros no veremos concluir. Todo lo que restaba del antiguo régimen fue destruido para siempre. En 1830, el triunfo de la clase media había sidb definitivo, y tan completo, que todos los poderes políticos, todos los privilegios, todas las prerrogativas, el gobierno entero se encontraron encerrados y como amontonados en los estrechos límites de aquella burguesía, con la exclusión, de derecho, de todo lo que estaba por debajo de ella, y, de hecho, de todo lo que había estado por encima. Así, la burguesía no sólo fue la única dirigente de la sociedad, sino que puede decirse que se convirtió en su arrendataria. Se colocó en todos los cargos, aumentó prodigiosamente el número de estos, y se acostumbró a vivir casi tanto del Tesoro público como de su propia industria.

Apenas se había consumado este hecho, cuando se produjo un gran apaciguamiento en todas las pasiones políticas, una especie de encogimiento universal en todos los acontecimientos, y un rápido desarrollo de la riqueza pública. El espíritu propio de la clase media se convirtió en el espíritu general de la Administración, y dominó la política exterior, tanto como los asuntos internos: era un espíritu activo, industrioso, muchas veces deshonesto, generalmente ordenado, temerario, a veces, por vanidad y por egoísmo, tímido por temperamento, moderado en todo, excepto en el gusto por el bienestar, y mediocre; un espíritu que, mezclado con el del pueblo o con el de la aristocracia, puede obrar maravillas, pero que, por sí solo, nunca producirá más que una gobernación sin valores y sin grandeza. Dueña de todo, como no lo había sido ni lo será acaso jamás ninguna aristocracia, la clase media, a la que es preciso llamar la clase gubernamental, tras haberse acantonado en su poder, e, inmediatamente después, en su egoísmo, adquirió un aire de industria privada, en la que cada uno de sus miembros no pensaba ya en los asuntos públicos, si no era para canalizarlos en beneficio de sus asuntos privados, olvidando fácilmente en su pequeño bienestar a las gentes del pueblo.

José Antonio y la minusvalía argumental

Siempre me he quedado perplejo cuando desde la izquierda se ha dicho a veces que José Antonio Primo de Rivera era un intelectual sosegado y coherente que desgraciadamente se había desviado a la derecha.

El desvío de José Antonio era más que evidente; pero que fuese en algún momento algo parecido a un intelectual es todo un descrédito para esa palabra. Pese a lo que digan algunos necios: no escribía bien. Escribía fatal y caía en unas contradicciones sonrojantes —aparte de que hacía ese análisis de la Realidad, tan propio de los años 20-30, en el que cada tema a tratar se le maquillaba antes con todos los aderezos de la mística idealista.

En aquella revista efímera (‘El Fascio’, que publicó un único número el 16 de Marzo de 1933), en el artículo Hacia un nuevo Estado, José Antonio Primo de Rivera escribe contra, lo que según él, es el Estado liberal:

Cuando los principios cambian con los vaivenes de la opinión, sólo hay libertad para los acordes con la mayoría. Las minorías están llamadas a sufrir y callar.

Realmente éste es un ataque contra la democracia, porque lo que irritaba a José Antonio es que los ciudadanos (o los pueblerinos) pudiesen decidir algo, cambiando el absolutismo del monarca por el absolutismo de la democracia. Al no haber (según él, y aquí era profundamente reaccionario) principios universales de dirección política dentro del Estado Liberal, todo quedaría sometido al Reino de la Opinión (de la doxa) y además, de la mayoría, quedando indefensas las minorías (se refiere a las minorías políticas) y sin oportunidad de participar en modo alguno en las decisiones políticas de ese Estado. Esto, que si se lee mal podría entenderse como un alegato a favor de las opciones políticas minoritarias, no es tal, porque lo que Jose Antonio está pidiendo es que vuelvan (si es que han existido alguna vez) esos principios inalterables, que a lo largo de su carrera política y de pelafustán escritor de panfletos se encarnaron en distintos monigotes, a saber, la Monarquía, el tradicionalismo católico o el partido fascista que él fundó, por no decir lisa y llanamente la Patria (es decir, la idea ultranacionalista de vuelo rasante).

Como escribe algo más abajo:

Todas las aspiraciones del nuevo Estado podrían resumirse en una palabra: «unidad». La Patria es una totalidad histórica, donde todos nos fundimos, superior a cada uno de nosotros y a cada uno de nuestros grupos. En homenaje a esa unidad han de plegarse clases e individuos.

¿Y dónde quedaron entonces esas minorías que sufrían y callaban? ¿Acaso han dejado de sufrir con la construcción del ‘nuevo Estado’? ¿En qué momento trae éste la libertad, que antes denunciaba que sólo recaía sobre la mayoría (interpretando que la libertad es el resultado de votar y ganar, mientras que la opresión viene a ser votar y perder)? ¿Pero qué tipo de razonamiento es este, que en su mismo defecto formal no llega ni a la falacia…? ¿Este pollino es el intelectual que tenemos que respetar, cuando no sabe siquiera formular un juicio sencillo…?

Enormidad de la inexistencia

Es un lugar común en toda sociedad humana la preocupación por la Muerte, o mejor dicho, la preocupación por la enormidad del hecho de la propia muerte, de la más que segura desaparición de uno mismo. Por formularlo en clave ontológica: ¿Cómo es posible que lo es deje de serlo?

El ácido Emil Cioran, que uno no sabe bien hasta en qué punto de entre la tragedia y la burla está, ya notaba en sus años mozos que hay una enormidad precedente, que es la anterior al nacimiento: lo que no-es, de pronto deviene a ser. Lo expresaba a su manera aforística:

¿Cómo explicar que el hecho de no haber sido, que la ausencia colosal que precede al nacimiento no parezca incomodar a nadie, y que aquel a quien le perturba no le perturbe demasiado?

Anillos y niños

Que algo venga como anillo al dedo viene a significar que una cosa está ajustada, es adecuada o totalmente apropiada a una segunda, empleando como metáfora la característica natural de los anillos, que es ajustarse al dedo de quienes los usan. Hay otra expresión castellana análoga —ajustarse como un guante— que conoce su equivalencia en lengua inglesa: to fit like a glove.

Queda claro que lo normal es que los anillos se ajusten a los dedos, excepción hecha de los elaborados por los joyeros de Mordor. Más miedo da cuando hay quienes no han entendido bien la expresión y en lugar de anillos hablan de niños. En un artículo de El Español, ese inefable diario, dedicado a la entrada de Nieves Herrero en el canal televisivo de los obispos (del que acaban de poner de patitas en la calle), se anuncia que a decir de la periodista (?) el programa que presentaba le venía «como niño al dedo». Qué miedo, oye.

Un niño que se ajuste a un dedo casi sugiere una terrible imagen pederástica, sobre todo si se sigue recordando que anillo también puede ser un diminutivo. Da más miedo aún cuando todo está relacionado con los obispos, exquisito grupo profesional que cuando uno de sus miembros explicó que los niños iban tentando a los sacerdotes con sus rodillas gordezuelas y sus mejillas sonrosadas, se pusieron de perfil y silbaron mirando a los Cielos. Posibilitar semejantes asociaciones al lector a base de escribir una torpe entradilla no debería ser el objetivo del periodismo. Pero claro, hablamos de El Español, que a fin de cuentas es diario dirigido por Pedro J. Ramírez, ese tipo también famoso por cierto asunto de su propio anillo y una prostituta de noventa kilos. Qué otra cosa podría esperarse.

Reirse a costa de los demás; un caso práctico

Cuando desde la cocina escuché el babel de gritos que parecían provenir del parque, pensé que debía tratarse de una pelea entre adolescentes. Salí hacia la puerta y, mirando a través de las rejas, corregí mi error: no eran adolescentes, sino los habituales alcohólicos del parque, que no es que fuesen precisamente jovencitos. El más mayor, al que apodan «Abuelo», peina canas en las sienes y en lo alto ya no tiene nada que peinar. Podrían echársele unos sesenta años y era justamente uno de los que estaba teniendo la de San Quintín con una de sus compañeras de andadura alcohólica, que tampoco bajará de los cuarenta.

En el instante en el que salí, la mujer estaba desgañitándose sentada en un bordillo. No podía ni tenerse en pie de la cantidad de tranquilizantes y alcohol que llevaba encima. Desde ese sitial, le gritaba al «Abuelo» los mayores improperios, todos muy correctos y que mostraban su extrema consideración por los discapacitados intelectuales («¡Subnormal! ¡Que ya se te va la cabeza, retrasado!»), ante los que este no se quedaba ni callado ni atrás, replicando solemnes loas en honor a los afectados por la enfermedad mental («¡Estás como una cabra! ¡Como vas hasta la chocha [sic] de drogas, no sabes ni lo que dices!»).

En su disputa, en ocasiones llegaban a las manos o, según se mire, a los pies: Él la agarró de una pierna y tiró de ellas (de la pierna y también de la mujer, vaya) para derribarla (esta vez, solo a la mujer), cosa que no consiguió. Tras esto, ella se levantó y para expresar su disconformidad, le lanzó un guantazo tan monumental como (afortunadamente) descoordinado, ya que, en el caso de haber logrado alcanzarle, le habría volado la cabeza. En general, sus mutuos ataques resultaban inocuos. Ambos estaban demasiado puestos como para causar verdadero daño al otro y el mayor peligro físico que corrían era romperse la cabeza contra el suelo al caerse de pura embriaguez. Por lo general, no llegaban a tales extremos y se mantenían en los civilizados límites de la falta de respeto verbal. No tenían tampoco ningún arma en las manos, prehistórica ni contemporánea, ni comandaban fuerza militar alguna. Es decir, que no pasaba nada particularmente destacable ni que no hubiese ocurrido cada uno de los días precedentes desde hacía años.

La escena podría inspirar lástima si no fuese que para sentirla se ha de tener dentro del pecho algo de aprecio y compasión por el género humano. Ninguno de los cinco o seis compañeros de singladura etílica que observaban la pelea habían tenido jamás ni la una ni la otra, y es altamente improbable que en el futuro conozcan semejantes sentimientos; en consecuencia, asistían a la pelea como quienes contemplan una película cómica y, como tales, se morían de risa. Uno de ellos llegaba incluso a revolcarse por la hierba, dando medias vueltas a un lado y al otro sujetándose el vientre con las manos mientras se ahogaba con las carcajadas más estruendosas de las que era capaz. Ni por un momento eran capaces de comprender lo lastimoso de la escena —dos personas maduras bamboleándose como patos y amenazándose como osos enfurecidos. Al parecer, era divertido que se insultasen, jocoso que apenas pudiesen tenerse en pie, digno de risas que se gritasen, humorístico que se mirasen con odio y que de cuando en cuando se intentasen agredir físicamente. ¿Qué otra cosa podía esperarse cuando habitaban en un contexto en el que tales acciones no revestían la menor importancia? Desde el otro lado de la reja, a mí me pareció una escena tristísima. Causaba una enorme pena el estado en el que estaban y las estupideces sociopáticas a que les conducía; sobre todo si se tenía en cuenta que sus propias adicciones les habían obligado a estar en sus puestos en el parque desde las ocho de la mañana para calmar las exigencias de un alcoholismo galopante. Era una muestra más de cómo están las cosas a pie de calle y del grado de miseria en el que chapotean las personas de esta sociedad. Del grado de abyección en el que desarrollaban sus vidas (por supuesto, con plena colaboración por su parte). Del ejército inmenso de trabajadores sociales de calle que hace falta para reconducir a estas personas cuya capacidad decisioria y autonomía se ve gravemente limitada por sus patologías. En este sentido, viéndolos desasistidos y en plena faena provocaba (provoca) una tristeza considerable. Ni la más mínima gana de reirse, sino más bien lo contrario. Daban ganas de llorar

Hace algunos días, recordaba en este casa —no por escrito— que cuando Don Quijote sufre la burla que Maritornes y la hija del ventero ejecutan a su costa al atarle de una mano a una ventana de la Venta de Palomeque y que tiene como consecuencia dejarlo suspendido y torturado a altas horas de la noche, había que hacer un considerable esfuerzo historicista para reconocer en una crueldad de ese calibre una escena cómica, como es indudable que fue entendida a partir de 1605 por los lectores de Cervantes. Por el contrario, llegados al siglo XIX, la lectura que hicieron los románticos del Quijote  puede inducirnos a pensar que la idea progresiva en el avance de la sensibilidad social a lo largo de la Historia que Norbert Elias denominó El proceso de la civilización no está equivocada. Ciertamente, ha habido en general un avance en lo relativo a la sensibilidad para con los demás, y el dolor de los otros y la angustia ajena ya no nos parecen tan divertidos como podía parecérselo a un habitante del (brutal) siglo XVII. Pero, como es natural, ni este proceso es lineal, ni afecta a todos del mismo modo. Hay una tendencia social evidente, general, con sus flujos y reflujos —piénsese en el grado de brutalidad aceptado por los contendientes de las dos Guerras Mundiales—, pero que mantiene una dirección continua. También habría que hacer una valoración en la tendencia observada por Elias de que el proceso civilizatorio parte desde las clases superiores al pueblo llano. A partir del siglo XX,  hay que establecer los necesarios mecanismos correctores. Pese a esos datos generales, cuando nos movemos en acontecimientos precisos o en un límite temporal  estrecho, se hace más y más inseguro afirmar que, con respecto a la consideración que nos merecen los demás (episodio en el que la risa y sus motivos son muy significativos), estemos avanzando. Episodios como el descrito no contribuyen a nada más que a mostrarnos fronteras borrosas, zonas de nadie de difícil adscripción,  direcciones equívocas. Nos desplazamos en ocasiones envueltos en una bruma moral que no nos permite asegurar bien el camino, entre nieblas que atraviesan planos poco afianzados. En estos territorios pantanosos muchos andan bien perdidos, bien notoriamente rezagados en el Tiempo y que por tanto el mal ajeno les sigue pareciendo cosa de risa, como si no hubiesen salido de los usos sociales del Siglo de Oro o peor, no hubiesen abandonado del todo la vida en la caverna (y no me refiero a la de famosa del libro VII de La República). Siguen riéndose de lo borrachos que están los otros (tanto como ellos mismos), de las barbaridades con las que se injurian, de los discapacitados, de los enfermos mentales, de todo aquello que no sean ellos mismos. Quizás estemos ante un caso demasiado palmario, excesivamente evidente. Quizás deberíamos revisar nuestras propias actitudes ante la otredad para ver hasta qué punto llega nuestro respeto. Hasta qué punto lo ajeno nos causa risa y qué significado real tiene el que nos parezca divertido.

Redactores chapuceros

Crimen hace referencia a aquellos delitos calificados como muy graves o gravísimos en los ordenamientos jurídicos penales. En nuestros sistemas penales, son calificados con la mayor gravedad aquellos que atentan contra la vida de otros seres humanos por lo que, con frecuencia, hablar de criminal es hablar de homicida o de asesino, es decir, de aquellos ejecutores de acciones que tienen como resultado el acabar con una vida humana.

Por tanto, no se entiende la gradación que Henrique Mariño hace en un artículo publicado en el diario Público al hablar de carteristas, asesinos y hasta criminales, teniendo en cuenta que el uso de la preposición hasta en este tipo de frases es empleado para resaltar el término más alto de la gradación. Posiblemente, aquí no haya que entender nada salvo el error y el desmaño tan habitual —para nuestra desgracia— en los medios de comunicación contemporáneos, capaces de emitir textos sin revisión. Así pasa luego. No sé como lo verán quienes me lean, pero yo tengo para mí que si un autor ni siquiera se ha molestado en revisar un texto escrito por él mismo, es difícil pensar que haya obrado de manera contraria a la hora de documentarse. Probablemente habrá actuado con el mismo desapego, con el mismo descuido y hasta con la misma chapucería.

El Partido Popular, una panda de merovingios

Entre finales del siglo V y principios del siglo VI, los burgundios, pueblo germánico que tras la caída de Roma se había establecido entre Suiza, Francia e Italia, compilaron por escrito sus leyes tradicionales. Llama la atención que en el libro, titulado con el imaginativo nombre de Leyes burgundias (502 DC), de sus 105 artículos sólo seis estén dedicados al Derecho Público, mientras que el resto hace referencia al Derecho Privado. Los burgundios, como muchos otros pueblos bárbaros, tenían una radical incomprensión de lo que era la Cosa Pública, hasta el punto que Gregorio de Tours, obispo del siglo VI que procedía de una familia galorromana de rango senatorial reserva en su Historia francorum el nombre Res Publica al Imperio Romano de Oriente (es decir, a Bizancio); sabedor de que en la dinastía merovingia de Francia no había nada que pudiese merecer semejante nombre, jamás lo empleó en su obra para referirse al Reino de los Francos.

Del mismo modo que los burgundios, los francos merovingios y otros pueblos que en los inicios de la noche de la Alta Edad Media tomaron posesión del suelo imperial, el Partido Popular padece la misma ceguera absoluta  para entender la Cosa Pública. En efecto, para ellos todo parece ser un territorio privado, donde el negocio, el beneficio y las leyes del mercado se inmiscuyen en los Servicios Públicos a los que los ciudadanos tienen derecho. Derecho Público, no lo olvidemos. No son capaces de entender que el valor de uso de los bienes públicos no puede ser intercambiable con el valor de cambio de las transacciones privadas. Es decir, que no se les mete en la mollera que el agua de un país es un bien de uso que es propiedad de todos y no una mercancía que una empresa factura a una serie de usuarios. No se les graba en el caletre que la educación o la sanidad no son parcelas con las que hacer un negocio a medias con sus amiguetes a base de cobrar a los niños un impuesto y repartir de las arcas públicas (que ellos confunden con las suyas) todo aquello que falte para que el beneficio empresarial vaya viento en popa. Pondremos un ejemplo más controvertido, pero de la misma categoría: también la energía (producida por generadores hidroeléctricos con el agua de todos, o por mediación de producción eólica con el viento que sopla por nuestras naciones, o con la compra de biocombustibles mediante nuestras finanzas) no debería ser un bien mercantilizable, sino un elemento de uso público del que pudiesen disponer los ciudadanos de manera responsable, pero de manera equitativa. No le pidáis al PP que lo comprenda, que es poco menos que imposible.

Estando así el estado de las cosas, no hay que extrañarse demasiado cuando escuchemos esas perversas declaraciones que producen verdadera vergüenza por ser emitida desde cargos públicos: el antiguo alcalde de Móstoles Daniel Ortiz abroncando a las familias —empobrecidas y sin recursos—de ancianos que habitan en la Residencia para Mayores Juan XXIII por no hacerse cargo de sus familiares es una de las innumerables pruebas que avalan que el Partido Popular no es sino el nuevo nombre que adoptan los bárbaros recientes, incapaces de comprender la base de una sociedad justa y equitativa. En este sentido, el Partido Popular no es algo muy distinto de una partida de burgundios, de una panda de merovingios o de un hatajo de francos (algo que siempre hemos sospechado) que, por no entender ni jota de lo que es y debe ser lo Público no puede jamás ni debe nunca estar dentro de una institución que no sea total, exclusiva y puramente privada.