Desgaste

El cerebro, como todos los órganos del cuerpo, sufre el desgaste del paso del tiempo y, al igual que el estómago o los riñones, puede verse afectado por enfermedades que limiten sus funciones. Semejante apotegma, que no se basa en formulaciones misteriosas, no parece difícil de comprender. Cualquier persona con un somero conocimiento de medicina admitirá este principio.

No obstante, vivimos en el seno de una sociedad en la que con frecuencia habitan conceptos culturales (o científicos) antónimos. Así, aún siendo capaces de aceptar el principio escrito más arriba, seguimos haciendo una distinción, en muchos casos improcedente, entre las funciones del cuerpo y las funciones exclusivamente producidas en el cerebro. ¡Cuánto mal ha hecho la distinción dualista entre alma (que los laicos llamamos «mente») y cuerpo! Todavía se tiene la fortísima tendencia de pensar que el cuerpo, pura materia, va por un lado mientras los procesos cerebrales son mera magia que podemos manipular con el pensamiento (de manera recursiva tal vez). Y esta es una idea radicalmente falsa que hay que desterrar; porque suficiente mal ha producido ya a lo largo de la Historia.

El caso de las enfermedades mentales es harto palmario y tan claro que casi debería ser una perogrullada escribirlo: no con poca frecuencia nos encontramos con personas que, de manera que no pueden explicar, se encuentran fatigados, abatidos, con el ánimo por los suelos o asténicos en grado máximo. El consejo inmediato más razonable (si es que hemos de dar alguno) sería sugerirle visitar a un neurólogo, puesto que si no encuentra razones de peso para estar en semejante estado, lo más probable es que esté causado por una razón bioquímica (por poner un ejemplo: por una voracidad desbocada de los recaptadores de serotonina), y la rama de la medicina que estudia esto es la neurología. Pero por el contrario nos vemos (o vemos a otras personas) aconsejando animarse, salir, distraerse, pasear o leer una revista de modas, cuando no visitar a cualquier gurú que vaya a descubrirle que sufrió un problema cuando tenía un año y medio y que por eso está así ahora. ¡Qué más quisiera esa persona que autoalegrarse! Es como si recomendásemos a quien padezca una úlcera de estómago darse continuos festines, cuando su dolencia justamente le impide hacer lo que le recomiendan. Al menos, parece que con los ulcerosos se ejerce cierta prudencia consejera. Me pregunto por qué no ocurre lo mismo para los que padecen cualquier neuropatía. La mente (o mejor, el cerebro), por sí misma no arregla nada. No es un laboratorio que produzca alegría o que estabilice el ánimo a voluntad. Así, decirle a quien está en el estado que hemos descrito que para mejorar debería leer el ‘Hola’ se me antoja una barbaridad como un templo. Dejemos que el profesional de la medicina que la atienda diagnostique qué es lo que le ocurre y le recete el ISRS (o lo que fuere) adecuado para su caso. Tomémonos las cosas en serio.

En lo relativo a la edad rige el mismo caso. Nadie se sorprende de que por norma general un anciano no tenga la misma capacidad pulmonar que un joven de veinte años, ni de que sus músculos no respondan tan bien, ni de que su densidad osea sea mucho más baja. Ahora vaya usted a decir que la capacidad intelectual disminuye con la edad, que se va a encontrar con el corifeo de la oposición, con la negativa a dar las mismas reglas al cerebro que al resto de los órganos. La potencia intelectual está indisolublemente ligada a la juventud, y toda vejez es, en sí misma, una disminución de todo salvo de la experiencia. Son los jóvenes los que investigan (salvo muy contadas excepciones) y los esfuerzos radicales del pensamiento están vedados para los ancianos (Bertrand Russell explicó con claridad su caso personal). En lo que a mí respecta, la capacidad que tenía a los veinte y a los treinta para hacer esfuerzos intelectuales se ha visto disminuída (y no me da la gana mirar hacia otro lado y no reconocerlo. No desaparece con no autoexaminarlo o con no querer verlo). No se soporta tanto el esfuerzo: vence el cansancio, no se es tan agudo, no se concentra uno con la misma intensidad ni durante la misma cantidad de tiempo. A partir de cierta edad, como sentenciaba Caro Baroja, la vida se convierte en un escamoteo hasta de lo que es (o ha sido) uno mismo.

Héroes de Stalingrado

Héroe de la Unión Soviética, relegado al papel de campesino analfabeto y manipulado por el régimen socialista en la película de Jean-Jacques Annaud, Vasili Záitsev tiene un libro de memorias en el que narra su papel como francotirador en el frente de Stalingrado y cómo acabó con 242 enemigos. El aldeano iletrado de la película escandalosamente antisoviética Enemigo a las puertas en realidad era un contable y administrador en la Flota Soviética. Se alistó como voluntario para combatir en Stalingrado junto con un destacamento formado por marineros e infantes de marina —mientras que en el film parece que lo llevan a la fuerza.

Un papel más destacado aún, en lo relativo a las bajas causadas a los nazis, lo tuvo la también francotiradora Lyudmila Pavlichenko, historiadora de formación, que abatió nada menos que a 309 enemigos en el frente de Odesa y durante el asedio de Sebastopol. También recientemente se ha hecho una película (La batalla por Sebastopol), esta vez coprodución ruso-ucraniana, acerca de su papel en la guerra. Que yo conozca, no escribió nada.

Volviendo al tema de Zaitsev, quien haya visto Enemigo a las puertas recordará que en la escena en la que se avista Stalingrado por vez primera, horrorosamente destruída y humeante, los soldados soviéticos son lanzados por sus superiores a tomar un nido de ametralladoras alemanas, a pecho descubierto y sin armamento adecuado; cosa curiosa, porque en el Ejército Rojo ya se sabía la importancia de tomar posiciones en tierra y adaptarse al terreno desde los tiempos de la Guerra Civil (la rusa). En España, durante la Guerra Civil (la nuestra) los instructores militares rusos insistían mucho en esa cuestión ante una tropa española reacia a hacerlo (al principio de la guerra, a nuestros compatriotas les parecía un comportamiento indigno, cobarde, impropio). Al retroceder los soldados, víctimas de las ráfagas de la ametralladora alemana en un espacio abierto, los oficiales abren fuego contra sus propios soldados y los aniquilan.

No niego que estos episodios no se produjesen (la orden cazurra de tratar de tomar un objetivo con un número desorbitado de bajas, y también el disparar a los soldados propios si, por el pánico, rompían la línea). Lo que vengo a señalar es que ni era un comportamiento extendido, ni privativo de los soviéticos. Antes bien, las noticias que tengo hablan más o menos de lo contrario. Véase el auténtico proceder de los soviéticos, de una honorabilidad rayana en el heroísmo, de aquellos años en este episodio del libro mencionado:

Recordé mis primeros días en la Armada y la primera prueba de conciencia a la que me había visto sometido. Era una mañana de marzo de 1938, un reluciente día de primavera, y aunque la bahía del Cuerno de Oro de Vladivostok relumbraba con los colores del arcoíris yo sentía amargura y frustración. El motivo era que mi objetivo al alistarme en la Armada era llegar a convertirme en minador o torpedero, y en cambio me habían nombrado contable y administrador de nóminas. Con la esperanza de que me cambiaran de destino, empecé a escribir con una caligrafía ilegible y a cometer errores gramaticales. Como castigo por ello, me ordenaron rellenar aún más formularios. Mi superior se llamaba como yo, Záitsev, Dmitri Záitsev.

Como me aburría, decidí gastar una broma de la que habría debido avergonzarme aun siendo un colegial. Mientras rellenaba un formulario, cambié la palabra «atacador» (referido a los cañones de la torreta de un buque) por otra que no es del caso reproducir aquí. Entregué el formulario al teniente Záitsev para que lo firmara y me olvidé del asunto. Creí que todo quedaría en eso.

Sin embargo, al día siguiente, la broma me explotó en la cara. Lo primero que ocurrió fue que empecé a sentir remordimientos. Me quedaba paralizado solo con pensar que los mandos descubrirían mi gamberrada y responsabilizarían de ello al teniente Záitsev. Se trataba de una infracción grave: me había burlado abiertamente de la autoridad de un oficial.

Llegó la noche y yo no sabía qué hacer. Abatido, me fui a la litera. Cuando uno no tiene la conciencia en paz, todo se junta y las preocupaciones aumentan. Esa noche el soldado de guardia me despertó dos veces por no haber colocado el uniforme de la manera correcta. Como no podía dormir, salí del barracón antes de que tocaran a diana, olvidando que eso contravenía el reglamento. Al salir del barracón, me interceptó el contramaestre.

—¿Adónde va, marinero? ¡Faltan veinte minutos para tocar a diana!
Estúpido de mí, opté por engañar a mi superior. Irguiéndome lentamente, me puse firmes y me fingí mortalmente enfermo tan bien como supe.

—El estómago, señor… —gemí.
—Bien, siga —dijo—, vaya a las letrinas.

A la hora del recuento, el contramaestre me envió a la enfermería para que vieran a qué podía deberse la dolencia.

El médico de la guarnición descubrió la trampa al instante. Me examinó y, al comprobar que me encontraba en perfecto estado de salud, le escribió una nota al contramaestre: «Durante la semana próxima, el falso enfermo Záitsev deberá levantarse treinta minutos antes de diana para limpiar las letrinas».

Pasé la semana siguiente acarreando baldes de agua. Al término de la semana, volvieron a enviarme a la enfermería. Como la vez anterior, el médico me examinó atentamente. Esta vez había aprendido la lección.

—Me encuentro bien, señor —le dije—. ¿Puede retirarme el tratamiento?

En ese momento se personó un mensajero del cuartel con una nota para mí: «Preséntese ante su comandante, el teniente Záitsev». En un abrir y cerrar de ojos, me encontraba en el despacho del teniente Záitsev. Era evidente que estaba molesto conmigo.

—Záitsev —dijo—, ¿cómo es posible que no le echaran cuando trabajaba de contable civil? ¿Gastaba la misma clase de bromas cuando trabajaba para la Unión de Jóvenes Comunistas? Confiaba en usted como en mi propio hermano, ¡y me lo paga con esta necedad!
Las palabras del teniente me revolvieron por dentro: era un buen hombre y un oficial exigente pero justo. El año anterior se había graduado con mención de honor en la academia militar. Lo habían destinado a nuestra sección porque había sido un estudiante ejemplar, y ahora iban a transferirlo a otra unidad, degradado por culpa de su aparente negligencia en el desempeño del cargo.
—He aquí el motivo de mi traslado —dijo poniendo un formulario sobre el escritorio. Era el formulario que yo había rellenado; al momento reconocí mi letra—. Este asunto va a acabar mal. Es usted un estúpido, marinero Záitsev.

Deseé que me tragara la tierra y desaparecer. Me deshice en disculpas y rogué que me fuera aplicado el más estricto castigo. El teniente me miró detenidamente.

—No voy a castigarlo, Záitsev. Su conciencia se ocupará de eso. Ella será su juez de última instancia.

El teniente estaba en lo cierto. No hay castigo más severo que el tomento de la propia conciencia. Soy de la opinión de que la vida de un soldado —si quiere ser digno de ese título— no solo depende de reglamentos y órdenes, sino también de la conciencia personal de cada uno. Y no hay crimen más abyecto que perder la conciencia en tiempos de guerra.

Aunque claro, que siempre se podrá negar el testimonio y alegar que Vasili Záitsev escribía al dictado de la Soyuz Sovetstikh Pisatelei (Unión de Escritores Soviéticos).

Arden los libros

A cualquiera que conozca la Historia del Libro no será difícil que se le presente la desalentadora sensación de que está íntimamente ligada al desastre y a la tragedia. Cada conflicto humano, cada guerra, cada conquista o incluso cada cambio político se cobra su tributo en libros, en anaqueles derribados, en volúmenes desgarrados o en bibliotecas completas ardiendo como efímeros faros en la noche. Hemos presenciado tantas bibliotecas transformadas en hogueras que es imposible que sea casual. Las más grandes de la Antigüedad y del Medievo (Alejandría, Roma, El Cairo, Constantinopla) han sido alimento para las llamas —para gran regocijo de los saqueadores. Por accidente (a veces) o por exceso de celo religioso (también a veces, pero incontables) los libros han ardido como si su único propósito de existencia fuese iluminar la bestial faz del fanatismo. No hay otro objeto que haya sido tan maltratado y tan atacado a lo largo de la Historia. A nadie —que sepamos— le ha dado por quemar doseles o sillas; lo de los libros sin embargo parece que ande en toda cabeza corta de entendederas.

De los libros antiguos, pocos sobreviven: tenemos la sospecha de que muchos más lo habrían hecho sin esta vocación pirómana. El texto es inmarcesible, pero su pervivencia está ligada sin remedio a un soporte que lo contenga. Hasta el escrito más miserable —y éste es sólo una prueba— necesita de un papiro, o un pergamino, o un papel que lo respalde, un muro que lo soporte o un servidor remoto que lo aloje. Por estar en riesgo, en este mundo perecedero lo están hasta los servidores que albergan las imágenes escaneadas de los libros (que en principio se creía la gran salvación). Quién sabe cómo seguirá ahora: en el choque de culturas de pedernal, siempre se enciende la yesca de las bibliotecas. Los libros en llamas, y muriendo. La Gran Conmoción.

Disciplina a toda prueba

Como pronto hubo de descubrir Pedro Mateo Merino (Teniente coronel en el Ejército Popular de la República durante la Guerra Civil Española y coronel en la Unión Soviética, además de autor del libro Por vuestra libertad y la nuestra: andanzas y reflexiones de un combatiente republicano [1936-1939], que custodiamos en esta casa ) en sus tiempos, y como nosotros, para nuestra desgracia, seguimos comprobando a diario en estos desatinados que vivimos ahora, no se puede pretender del prójimo que sea disciplinado perinde ac cadaver (a la manera de los muertos) a no ser que se le transforme justamente en el término a comparar.

La Biblia literaria

 En una reciente entrevista publicada en Eldiario que dirige Ignacio Escolar y ubicada, vayan ustedes a saber por qué, en la sección de Cultura, el periodista Raúl del Pozo nos descubre el mundo al afirmar que «La Biblia es un libro machista, genocida y un elogio a la guerra», cosa que será una perogrullada, pero que está bien observarlo de cuando en cuando. El dislate viene a continuación, porque antes de callar, el periodista prefiere añadir una puntualización: «Eso sí, está muy bien escrito y es, desde el punto de vista literario, un libro bellísimo»

Justamente que está escrita en un griego detestable y aún en un peor latín es lo que llevan achacándole los amantes de las Letras desde hace dos mil años. A nada que queramos aceptar la idea de que los famosos Setenta  fueron los amanuenses de un dios políglota y Jerónimo de Estridón, por su parte, tradujo a latines inspirado por el Verbo y que, en su tarea, no era otra cosa que el cálamo de Dios, tendremos que convenir que Elohim tenía un garrafal estilo literario. Es posible (y divertido) imaginar que a un Dios absoluto, en la cuestión de componer libros le dan sopas con honda Virgilio y Tácito —por no hablar de Tucídides o Platón (cito cuatro: podría añadir sin esfuerzos media centena); más árduo resulta que habiendo dado tales pruebas de incapacidad, se le siga adorando. En este sentido, no han sido pocos los amantes de las Letras que han apartado de sí las páginas veterotestamentarias —las subsiguientes son peores incluso— para deleitarse con la Eneida o con los Idilios de Teócrito.

Pero claro, cualquiera se lo explica a Del Pozo, experto en escribir idioteces que no tienen ni pies ni cabeza, pero que venían muy bien a los partidos de la derecha. Por lo que parece, esta melonada es gratuita, y parece más bien fruto de esa extendida manía que han tenido muchos escritores del siglo XX de tratar de épater les bourgeois, aunque fuesen los mismos burgueses los que les daban de comer (haría bien en recordarlo Del Pozo; ya veremos qué le dicen los obispos). Del Pozo debe creer que es una novedosa irreverencia juzgar La Biblia como un texto literario; debería saber que, por el contrario es asunto ya viejo. La valoración que se ha hecho es la opuesta de la que apunta el periodista: como literatura, es de baja estofa. No estaría de más que lo anotase para la próxima vez que se le ocurra hablar del tema con los compañeros de petanca, evite que se le rían en la cara.

Como boutade de barra de bar, viene a sumarse a todas las que inconscientemente ha elaborado en El Mundo, donde escribía esas columnas —volvamos a La Biblia— que eran como las del templo de Dagón, prestas a caerse sobre la cabeza de quien las había levantado. Tanto golpe en la cocorota no le ha sentado bien, por lo que se ve, si es que el producto no venía ya defectuoso de fábrica.

Combo aceitera y vinagrera (con una explicación práctica)

Cualquier niño habrá observado en aquellos artefactos de restaurante en los que se alojaban una aceitera, una vinagrera y un frasquito de sal, que el aceite brotaba mucho más lento que el vinagre cuando uno se servía. A poca curiosidad que se tuviese, lo más normal era preguntar a los adultos que más a mano se tuviera, que solían ser los propios padres. Naturalmente, al niño habría que explicarle que la diferencia del flujo correspondía a las distintas densidades entre aceite y vinagre, pero ¡ay!, mis padres no eran precisamente discípulos de Arquímedes ni de Vitruvio, y con todo su recelo pueblerino, respondían que era debido a que los dueños del restaurante hacían el agujero de la aceitera más angosto (!!!) porque el aceite era más caro y así la gente se serviría una menor cantidad.